La importancia de lo positivo -trabajando en el campo del Alzhéimer-

 

 

Por  Jaime Carretero Crespo.   

Terapeuta Ocupacional y Logopeda en AFAVA

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Generalmente las respuestas que recibo por parte de aquellas personas que se interesan por mi trabajo son muy similares. Opinan que ser terapeuta ocupacional en la Asociación de Familiares de Alzheimer de Valladolid debe ser duro. Que debo enfrentarme a situaciones emocionalmente fuertes y que me deberé armar con toda la paciencia del mundo.

En un principio esto podría parecer cierto, es fácil tener una visión negativa de la vejez, y más asociada a una patología o enfermedad. Por suerte yo no describiría mi trabajo en estos términos.

 

El día a día me demuestra que los aspectos positivos de mi trabajo son los que se imponen frente al resto de factores.

 

Los efectos que resultan de la labor que llevamos a cabo todo el equipo profesional del centro, hacen que aquello que a primera vista se antoja como arduo y poco gratificante, se convierta en una labor altamente satisfactoria, que compensa cualquier esfuerzo o sinsabor hallado en el camino.

 

Antes de explicar el por qué de mi punto de vista, me gustaría ofrecer brevemente una visión de cómo se entiende desde la terapia ocupacional la persona, los roles que desempeña en todas las fases de su vida, y las actividades que lleva a cabo.

 

Muchos modelos y marcos de referencia en los que se basa la terapia ocupacional tienen una visión holística de la persona, la entiende como un todo resultado de la suma de las partes que lo componen. Atendiendo a esto, se plantea el principio de que la actividad humana es necesaria para la vida. El ser humano es un ser activo y a través de la actividad puede cambiar tanto el entorno como a sí mismo.

 

La base de la terapia ocupacional es la actividad intencionada, con un significado o dirigida a un propósito dado, que puede facilitar un cambio positivo en el nivel funcional de una persona. La actividad proporciona placer, bienestar físico, psicológico y social

 

Por lo tanto, la herramienta de trabajo que empleo a diario es la actividad intencionada. Los resultados de estas actividades se pueden medir, comprobar y cuantificar de muchas maneras, pero lo que en este momento me interesa poner de manifiesto son esos otros resultados que son más difíciles de verificar y que se escapan a las escalas y test.

 

Mediante mi trabajo en AFAVA he podido experimentar resultados que no dejan de ser asombrosos. 

 

Sentimiento de competencia 

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Lo primero que quiero destacar es el sentimiento de competencia que aparece en todas las personas a los pocos de días de entrar en el centro y participar en diferentes actividades. Entiéndase competencia como capacidad o aptitud para hacer algo, y no como disputa o rivalidad. La persona se siente activa. Siente que “está haciendo algo”, se ve capaz de realizar actividades que le gustan, y cuyos resultados son atractivos tanto para él como para los demás.

Es importante sentirse ocupado. Se proporciona de esta manera una satisfacción personal que mejora el estado de ánimo y la imagen que se tiene de uno mismo. Todos nos sentimos bien cuando realizamos correctamente un trabajo, por muy insignificante que éste sea.

 

En este caso, cuando ellos comprueban que se les da bien cierta actividad, o que son capaces de llevar a cabo y superar cualquier dificultad que les planteo en los talleres que llevamos a cabo a diario, la sensación que me transmiten es de satisfacción. Satisfacción por el trabajo bien hecho. Se sienten participantes valiosos integrados en una gran tarea.

 

Sentimiento de pertenencia 

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Esto me lleva a la segunda idea que quiero reflejar: el sentimiento de formar parte de un grupo. Un grupo en que se le acepta y se le valora, sean cual sean sus características: edad, procedencia, profesión, nivel cultural, etc.

A través del trabajo en grupo se consiguen establecer fuertes lazos sociales.

Personas, que en muchos casos, pasan la mayoría del tiempo en casa, sin relacionarse con más de cuatro o cinco personas diferentes en su día a día, pasan a compartir experiencias y actividades con un grupo de personas numeroso y muchas veces dispar. 

Uno de los aspectos que mayor gozo me proporciona mi trabajo en AFAVA es el comprobar que entre todos los pacientes con los que trabajo se forma un vínculo, un sentimiento de pertenencia a un grupo, en el que siempre se intenta ayudar al compañero que lo necesite y en el que siempre se está dispuesto a aceptar a un compañero más.

 

En ocasiones puede surgir algún roce entre ellos, tener más afinidad con unas personas que con otras, pero lo más importante es que la actitud que muestran es siempre abierta y conciliadora, lo que facilita el buen ambiente y disposición dentro del grupo.

 

Estos sentimientos de competencia y de pertenencia a un grupo se traducen principalmente en una mejora del estado de ánimo y equilibrio emocional.

Día a día, llego a mi trabajo, y con lo que me encuentro es con un grupo de personas alegres y de buen humor. Quizás en un principio no vinieron al centro de buen gusto o por su propio pie, pero pasadas unas semanas ves como esas mismas personas vienen animadas, con ganas de pasarlo bien, pero sobre todo de trabajar. Quieren hacer cosas, estar ocupados, estar activos.

Un estado anímico positivo repercute en todos los aspectos de una persona. Repercute no sólo en sí misma, también en su entorno. En su domicilio, con sus familias y sus seres queridos. Por supuesto, también repercute en mí mismo, y en todos los profesionales que trabajamos en AFAVA. No hay nada que refuerce más mi actitud y mi compromiso hacia ellos que la propia alegría que ellos me transmiten a diario.

 

Soy consciente de que hay familias que viven situaciones duras que afectan al desarrollo normal de sus vidas. Sin embargo, con estas líneas, hay una idea que quiero destacar y compartir: debemos dar su justa importancia a estos sentimientos positivos que personalmente he podido comprobar y experimentar gracias a todas esas personas que acuden a diario dispuestas a sentirse válidas.

 

 

Asociación de Familiares de Alzheimer de Valladolid

  Pza. Carmen Ferreiro, 3,
Valladolid, 47011, (Valladolid)

  983 256 614

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